Apesar de que culturalmente me es imposible e impensable conectar con la gran mayoría de la gente; y de que muchas de las veces me sienta como si no me enterara de nada o un extraterrestre, no suelo arrepentirme de este enclaustramiento en muchos sentidos de la vida que llevo: a pesar de haber sido un gran consumidor de tele durante muchos años ya apenas puedo ver nada, y eso que la oferta de canales ahora es más grande. Así, por ejemplo, estuve meses sin saber exactamente qué era aquello de “opá” con un presentimiento funesto de que aquella palabra no la encontraría en el diccionario. De repente hay temporadas en que todo el mundo anda leyendo un libro y todo el mundo habla excelencias de él (incluso las personas menos impensables) y resulta difícil en los medios de comunicación no toparse con una notícia, crítica u opinión (o peor aún: un resumen del argumento con el consiguiente destripamiento del final) sobre él o el autor, de manera que se encuentra uno en una situación, se diría a veces incomóda, de ser el último ser en la tierra que no ha leído un libro, por poner un ejemplo, titulado el Código Da Vinci, del que cualquiera (piense usted en la persona más borrica) se permite aleccionarte sobre lo que es “buena” “literatura” (el doble entrecomillado es correcto).
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